4/4/17

Los días de Minog

La noche en que nació Minog, los siete hechiceros del Rey tuvieron sueños terribles y despertaron llorando sangre. Al llegar el alba, acudieron prestos y compungidos a informar sobre sus apocalípticas visiones. Al Rey no le agradaba que se dudase de su poder, así que dio la orden de que todos fuesen ejecutados con la llegada del crepúsculo. Sin embargo, las sombrías palabras de los hechiceros se quedaron grabadas en la mente del temible monarca, obsesionándolo, avivando sus más oscuros temores, afligiendo su corazón e importunando su descanso.

“Un niño, concebido en un lupanar, engendrado por una prostituta ciega, abandonado en un vertedero y criado entre las ratas. Por ese niño, ríos de sangre surcarán la corte, olas de fuego lamerán la ciudad y toda vuestra gloria quedará reducida a cenizas, arrastrando vuestro nombre al más completo olvido”.

Apenas unos días después de conocer tan terribles augurios, el Rey ya no pudo soportar más la angustia que crepitaba en sus entrañas y decidió tomar medidas. Mandó ejecutar a todos los niños y niñas menores de cinco años, ya fuesen hijos de nobles o de villanos, de hombres libres o de esclavos, de cortesanas o de campesinas, de prostitutas o de reinas. Ni siquiera el hijo menor del Rey quedó libre de semejante sentencia y fue asesinado a manos de su propio padre. Cuando la Reina supo de la horrible muerte de su pequeño, acudió a la sala del consejo real y, en presencia del Rey y sus ministros, se atravesó el corazón con una daga de marfil.

El cuerpo exánime de la Reina desangrándose sobre las níveas baldosas de mármol fue tan sólo una pequeña muestra de lo que estaba por venir. Los intentos de regicidio empezaron a tomar una frecuencia casi diaria. Nobles, ministros, consejeros… casi todo el mundo había perdido algún hijo en aquella desoladora masacre, y para muchos de ellos, sus propias vidas dejaron de tener valor, quedando completamente cegados por el deseo de venganza. Al Rey le empezó a resultar extremadamente complicado que su guardia personal lo protegiese, pues muchos de ellos intentaron también asesinarlo, y tuvo que cubrir las bajas con soldados jóvenes sin hijos y con mercenarios de los bajos fondos.

Todo este caos estaba teniendo lugar en el interior del palacio, pero no era nada comparado con lo que acontecía al otro lado de los muros, donde las revueltas se habían tornado incontrolables. Gran parte de la guardia urbana había desertado, uniéndose al pueblo en su orgía de odio y venganza. Las masas armadas se transformaron en una bestia gigante, invencible y rabiosa que destruía todo a su paso.

Tras varios días de asedio, consiguieron franquear los muros del palacio. Aquellos que todavía ofrecían resistencia fueron asesinados sin piedad, salvo el Rey, que fue capturado vivo, torturado durante horas y finalmente quemado en una gran hoguera.

Mientras tanto, a pocos kilómetros de allí, una pordiosera, ajena a todo lo que estaba ocurriendo, buscaba algo que llevarse a la boca entre los desechos de un inmenso vertedero. Tras unos bloques de piedra, descubrió estupefacta la presencia de un bebé de pocas semanas metido en un sucio canasto. El crío dormía plácidamente con un par de ratas acurrucadas a su lado. La mujer echó un vistazo a su alrededor y, a cierta distancia, pudo apreciar la figura de una persona que caminaba a tientas con un bastón en dirección a la ciudad, la cual ardía a lo lejos, como una bola de fuego colgada del horizonte.

La mujer sacó al niño del canasto, lo miro con ternura y dijo:

―Te llamarás Minog.


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