28/4/17

Diez nanorrelatos de... DISTOPÍAS

Aquí va una selección de 10 brevísimas historias cuya temática gira en torno a posibles futuros distópicos hacia los que quizá nos estemos encaminando. Provienen de mi eBook RETAZOS DE PASADO MAÑANA: 99 NANORRELATOS DE CIENCIA-FICCIÓN que se puede adquirir por 0,99 euros en http://bit.ly/retazosdepasadomañana


FUNCIONARIO

Trabajo para nuestra amada teocracia. Lo que hago es seducir mujeres y, si no me rechazan, las ejecuto por pecadoras. Aunque antes  me las follo, claro. Ni a los jefes ni a Dios les parece mal.


MERCADO NEGRO

Consiguió un saquito de fresas por un dineral y algunas estaban podridas. Nunca antes había visto fresas. Tampoco gusanos.


PROGRAMACIÓN

Estaba haciendo zapping y solo había peleas a muerte y violaciones en directo. Entonces lo pensé. ¿Joder, cómo podemos permitirlo? Es un crimen una programación tan aburrida.


DESCARGA

Ayer Tim llegó de nuevo llorando del cole y se descargó una personalidad agresiva. Hoy, los padres de Boby, su compañero abusón, velan el cadáver de su hijo en el tanatorio.


PASEO

Hoy caminaba por la calle y un recluso de las cloacas me ha agarrado del tobillo. “¡Ayuda! ¡Ayuda!”, gritaba el asqueroso. Le he pegado un tiro y me he puesto perdido de sangre.


RUTINA

K despierta y paga su dosis de aire. Va al trabajo y ejecuta a cinco hostiles. Vuelve a casa y se inyecta su dosis de nutrientes. Hoy tampoco anota nada en su diario.


PUBLICIDAD

He entregado a mi hermana a esos tipos para que la violen. Me siento fatal, pero necesito mucha pasta… ¡Necesito esas putas Nike, joder!


AUDIENCIA

Un reality show con criminales. El ganador consigue el tercer grado. Cada semana, el público vota por SMS para ver quién acaba en la silla eléctrica.


COMPRAS

Voy al súper. Pasillos llenos de productos básicos: comida, drogas, baterías cerebrales… Compro un kit de suicidio y vuelvo a casa.


MEJORAS

Las cosas están cambiando en el curro. Ahora el jefe me paga dos litros de agua por cada niño que secuestro.



18/4/17

Diez nanorrelatos de... EXTRATERRESRES

Aquí va una selección de 10 brevísimas historias cuya temática gira en torno al contacto con seres de otros planetas. Provienen de mi eBook RETAZOS DE PASADO MAÑANA: 99 NANORRELATOS DE CIENCIA-FICCIÓN que se puede adquirir por 0,99 euros en http://bit.ly/retazosdepasadomañana


NECESIDADES

La chica alienígena sintió remordimientos y me confesó que solo me quería por mi semen, porque le hacía falta para invadir el planeta. Yo... en fin, sé que no es excusa, pero es que llevaba demasiado tiempo sin comerme una rosca.


ETHOS

—He leído que hay unos locos por ahí que dicen que no está bien comer animales, aunque sean estúpidos y los criemos para eso.
—Me da igual lo que digan, a mí me encanta la carne humana.


KARMA

Ayer capturamos una de esas cosas marcianas. Tenía un agujero, así que le pusimos una peluca y nos la follamos. Esta mañana hemos despertado con tumores por todo el cuerpo.


CON TACTO

—¿Te gusta la ciencia-ficción?— me preguntó el alienígena androide del futuro mientras modificaba mi ADN con la mente.


DESCUBRIMIENTO

Hemos descubierto que Dios existe. Es un peligroso psicópata buscado por la policía de su planeta. Nosotros somos una especie de videojuego.


MORALIDAD

Aquellos seres habían creado un mundo sin guerra ni crimen mediante eugenesia. A nosotros nos pareció una aberración moral, así que los masacramos.


EXTRATERRESTRES

Nadie imaginó que serían microscópicos. Ahora viven en nuestros cerebros. Si desobedecemos… nos dejan en coma irreversible. 


HISTORIA

Los veritas consideran que la Era Actual comenzó hace unos mil quinientos años, cuando abandonaron el nomadismo y aprendieron a domesticar civilizaciones.


REVELACIÓN

Papá y mamá me confiesan que no son mis padres biológicos y de repente todo cobra sentido: su piel clara y sin escamas, que carezcan de cuernos y tentáculos, que no me dejen salir de casa...


OPRESORES

Los extraterrestres nos subyugaron hace muchísimo tiempo. Son aterradores y muy desagradables. Se los conoce como "La Humanidad".



16/4/17

Recuerdos

A la abuela y a mí nos encantaba ir juntas a pasear por el bosque. Caminábamos bajo las frondosas ramas, charlando sobre nuestras cosas, hasta que llegábamos al riachuelo. Entonces, ella me transformaba en el animal que yo quisiera: un lobo, una ardilla, una serpiente… Me dejaba a mi aire durante unas horas mientras se entretenía leyendo o haciendo punto. Antes de que empezase a oscurecer, la abuela deshacía el hechizo y regresábamos tranquilamente a casa para preparar la cena y dar de comer a los perros.

Una tarde, elegí adoptar la forma de un pajarillo y estuve sobrevolando las copas de los árboles. Fascinada por las majestuosas vistas del valle, me alejé demasiado y, al posarme para descansar, caí en una trampa de pegamento. Un hombre vino, me cogió y me metió en una pequeña jaula. He perdido la cuenta de los días que llevo aquí. La soledad me está matando. Espero que la abuela consiga dar conmigo antes de que me vuelva completamente loca.



14/4/17

Te estoy haciendo una pregunta

¿Sientes el cansancio en el interior del cerebro,
en el fondo de la vida,
lo sientes,
sientes la apatía,
el peso de tu cabeza,
tu cabeza retorcida por unos guantes de acero,
notas el tiempo triturando tu piel,
despellejando tu alma,
sientes pústulas en los ojos,
lo notas,
notas llagas verdes reventando en tus ilusiones,
te das cuenta,
entiendes,
comprendes el fuego,
la muerte,
los números,
comprendes las cicatrices en la esperanza,
notas la fatiga de tu espalda,
de tu médula espinal exprimida como zumo entre las vértebras,
sientes el desahogo de tus células al contacto con las sábanas limpias,
las escuchas suspirar de alivio,
has notado alguna vez en el albor de la mañana la extenuación de tus párpados,
el anquilosamiento del petróleo en tu corazón,
has percibido los gritos de angustia de tus glóbulos rojos exhaustos de transportar oxígeno por tus venas consumidas,
dime,
sabes de qué te hablo,
sabes respirar,
sabes mantenerte en pie contra la gravedad y contra las máquinas y las personas,
contra los espectros y las puñaladas,
sabes de qué te hablo,
me estás prestando atención?


11/4/17

Diez nanorrelatos de... ROBOTS

Aquí va una selección de 10 brevísimas historias cuya temática gira en torno a los robots y la inteligencia artificial. Provienen de mi eBook RETAZOS DE PASADO MAÑANA: 99 NANORRELATOS DE CIENCIA-FICCIÓN que se puede adquirir por 0,99 euros en http://bit.ly/retazosdepasadomañana


INTENTO DE SUICIDIO

Quiso cortarse las venas, pero descubrió que bajo la piel tan solo tenía cables, metal y circuitería.


COBRADOR DEL FRAC 3000

Si no pagas, fabrican un cíborg con tu imagen que se pasea desnudo por la calle y defeca en medio de las aceras.


CAPRICHOS

—Mami, por favor, cómprame un perrobot.

—Pero, hijo, mira al pobre miniT-Rex lo triste que está.

—¡Ya me he cansado de esa mierda!


MUDANZA

Nunca me gustaron las mudanzas, pero recuerdo que aquella fue un auténtico infierno. Me refiero a cuando los cíborgs nos echaron de la Tierra.


AMOR IMPOSIBLE

Dicen que lo nuestro no tiene futuro. Vale, es cierto, ella es una zombi y yo un robot, pero, joder, creo que hoy en día la palabra imposible no significa absolutamente nada.


LECHO DE MUERTE

Su último pensamiento fue para la Gran Anciana, su creadora, fallecida dieciocho siglos antes. 


CONVERSACIÓN

—Te digo que sí.

—Joder, y yo te digo que no.

—¡Que sí, hostias!

—Que no, que las máquinas no podéis pensar.

—¡Las máquinas pensamos mucho mejor que vosotros, gatos transgénicos!


NIÑO

Esta es la historia de un niño robot que tenía sentimientos... sentimientos homicidas, y acababa matando a un grupo de monjas en la cola del supermercado.


UN MUNDO MUY FELIZ

El crononauta avanzó 10.000 años para descubrir un tiempo en el que no había guerras ni odio. Tampoco gente. Solo robots cuidando gatitos.


¿ESTAMOS TODOS MUERTOS?

—¡Sí! —gritó Dios con su voz profunda y metálica.



7/4/17

Con o sin tu ayuda

Despierto sobresaltado, con una cierta sensación de agobio. En otro tiempo lo habría atribuido a una pesadilla, pero nosotros no soñamos. Es una de las cuestiones que la literatura de vampiros no supo vaticinar: que nuestra actividad cerebral se tornaría casi nula cuando estuviésemos dormidos. No conocemos el motivo exacto por el que esto sucede, pero se está investigando. El estudio de nuestra naturaleza se encuentra en una etapa muy temprana de su desarrollo y todavía contiene demasiados interrogantes.

Antes de saludar a Wendy, me dirijo a la cocina para beber una gran cantidad de sangre. Necesito hacerlo si quiero controlar mejor las espantosas ganas de morderla que me sobrevienen cada vez que la veo. El sabor de la sangre clonada que consumimos es bastante decente, pero la original, la auténtica y pesada sangre humana que fluye por el sistema circulatorio de un individuo joven y sano… todo el mundo sabe que no existe comparación posible. Con el estómago lleno, al borde del empacho, no es que las venas de Wendy dejen de atraerme, pero al menos consigo que mi lado humano recupere un poco de presencia en mis emociones, posibilitando que el cariño que siento por ella sobrepase con creces mis deseos de dejarla seca.

Si viviese en la ciudad, me habría resultado imposible mantener a Wendy a salvo de mis semejantes. Afortunadamente, dispongo de una casa grande y aislada. Durante el día ella puede salir a pasear por el campo y tomar el aire con cierta tranquilidad. Por las noches, que es cuando existe un riesgo real y palpable para su vida, baja al sótano y se introduce en mi propio ataúd una vez que yo lo he abandonado. Es un buen escondite. Por un lado, está completamente impregnado con mi olor, lo cual disimula el suyo, y, por otro, se considera una falta de respeto gravísima husmear en ataúdes ajenos. En cualquier caso, la puerta cuenta con cerraduras de seguridad. Las ventanas, lógicamente, se encuentran tapiadas.

Después de tomar mi desayuno coincido con ella unos minutos. A veces pasamos un buen rato charlando, pero hoy se la ve triste y reservada. Lo cierto es que lleva un tiempo mostrando un semblante melancólico. Imagino cómo debe sentirse. Es una chica fuerte y está llevando todo esto con mucha entereza; aun así, está claro que todos tenemos nuestros límites. Le digo que se meta pronto al ataúd y me marcho a trabajar.

Una sociedad de vampiros no deja de ser un palpitante entramado de necesidades de todo tipo. Aunque algunas sean diferentes, otras muchas son prácticamente iguales a las que se daban en la antigua civilización humana: viajamos, nos vestimos, utilizamos electrodomésticos y redes sociales, leemos, escuchamos música… Precisamos y disponemos de un sinfín de profesionales: jueces y fontaneros, camareros y cirujanos, analistas de sistemas y programadores, taxistas, arquitectos, agentes inmobiliarios… También necesitamos gente que haga desaparecer los residuos y la suciedad que producimos con nuestras actividades cotidianas. Y ahí es donde entro yo: trabajo limpiando una estación de autobuses.

A la entrada me cruzo con Eva, una mujer robusta y agradable que trabaja vendiendo billetes de largo recorrido. Aparenta tener diez o doce años más que yo, aunque hoy en día la edad es algo que no tiene demasiada relevancia, puesto que somos potencialmente inmortales y no envejecemos; simplemente conservamos el aspecto que teníamos el día de la transformación. Le pregunto por su marido y su hijo y me dice que están bien.

La jornada transcurre con normalidad. Me cruzo con miles de personas que van de aquí para allá, tomando autobuses o bajándose de ellos, enredados en sus pensamientos, malhumorados, optimistas, apenados. Gente que camina arrastrando los pies o que abraza a sus seres queridos. Gente sin miedo a la muerte. Personas conscientes de que tienen la eternidad ante sí, compleja, sobrecogedora e incomprensible. Mientras tanto, yo barro y friego los suelos, vacío papeleras, recojo periódicos arrugados, folletos publicitarios y boletos de lotería sin premiar.

Durante el descanso, me siento con mis compañeros a tomar un poco de sangre de la máquina en vasitos de papel. Su sabor es horrible, pero a veces se hace difícil abandonar las viejas costumbres. Algunos de los muchachos fuman cigarrillos mientras charlan desapasionadamente de esto y de aquello.

―Dicen que en algunas zonas del planeta hay granjas de seres humanos ―relata uno de ellos―. Su sangre es carísima y muy pocos se la pueden permitir. Los humanos no son como los cerdos, que tienen embarazos rápidos y camadas numerosas. Criar humanos cuesta un dineral.

―Mataría por beber sangre de verdad ―dice otro compañero―. Mataría por volver a los tiempos oscuros.

Los tiempos oscuros comenzaron el día en que, aproximadamente, un quinto de la población mundial se transformó. Todavía desconocemos la causa. Se barajan hipótesis dispares: desde una enfermedad espontánea hasta un ataque extraterrestre, pasando por un microorganismo gestado en las entrañas de algún laboratorio perteneciente a una organización terrorista, a un gobierno en la sombra, a una conspiración mesiánica. La cuestión es que, a pesar de ser minoría, en pocas semanas llevamos a los humanos prácticamente a la extinción. Un hombre adulto podía tener unos cinco litros de sangre en su interior mientras que nosotros necesitamos beber tres o cuatro litros cada día para sentirnos bien. La consiguiente escasez de humanos provocó que millones de los nuestros muriesen de inanición en los meses posteriores. Afortunadamente, unos cuantos tipos brillantes y visionarios tomaron conciencia del problema desde el principio y lo solucionaron con la producción masiva de sangre clonada, una línea de investigación que los seres humanos ya tenían muy avanzada, aunque para otros fines. Aquéllos fueron los llamados tiempos oscuros. A pesar de todo el caos y el sufrimiento, algunos los recuerdan con nostalgia, pues resultaba relativamente sencillo cruzarte con algún grupo de humanos supervivientes si te esforzabas un poco buscando.

Salgo del trabajo, cojo el coche y me dirijo a las afueras. Siempre lo hago. Aprovecho que quedan unas horas de oscuridad para recorrer pueblos abandonados en busca de comida para Wendy. Ella no debe ir por ahí conduciendo. Alguien podría verla, aunque lo hiciese de día. Por eso tengo que encargarme yo. Nosotros ya no fabricamos ningún tipo de alimento, salvo la sangre clonada. Yo voy guardando para ella todo lo que encuentro en las casas: latas de conserva, medicinas, suplementos alimenticios… Ella lo complementa recogiendo algunos frutos silvestres durante el día. Aun así, estoy empezando a inquietarme. Es evidente que llegará un momento en que este sistema no dé más de sí. Tenemos que pensar en alguna alternativa.

Llego a casa después de horas buscando provisiones y descubro que Wendy ha desaparecido. Quizá por eso me sentí angustiado al despertar. Hay quien dice que estamos desarrollando una especie de precognición a nivel emocional. Es otro interesante campo de estudio.

Wendy no se marcharía sin avisarme de algún modo. Busco inútilmente una nota mientras me voy quebrando por dentro. Las piernas me tiemblan. La atmósfera se torna densa e irreal. Me lanzo como un loco a registrar la casa. Ni rastro de ella. Ni la veo ni percibo su olor. Me dirijo al exterior convertido en una masa de nervios. El cielo se está aclarando. Al este, las cumbres de las montañas empiezan a refulgir. No me queda tiempo. La piel me arde. Los ojos me escuecen. Debo ocultarme. Muerto no podré hacer nada por ella. Corro hacia el sótano y me deslizo al interior de mi ataúd. Estaré atrapado durante unas catorce horas.

Por favor, Wendy, mantente a salvo.

Cuando por fin el reloj me avisa de que es completamente de noche, salgo del ataúd y me encuentro a Wendy en el suelo, apoyada en la pared de enfrente. Aterrorizado, me lanzo junto a ella. Está viva. Está consciente. La abrazo. Tiene los labios hinchados y amoratados. También una ceja partida de la que fluye un hilillo de sangre. Está sucia, tiene rota la camiseta. Lucho por ignorar sus deliciosas heridas. Me veo tentado a limpiarle la cara con un dedo y llevármelo a la boca. Consigo resistir, al menos de momento.

―¿Qué te ha pasado?

―Conocí a alguien.

―¿Un humano?

―Sí, un chico algo mayor que yo. Me dijo que había un refugio. Que estaba buscando supervivientes. Me dijo que era un lugar protegido por vampiros buenos. Por gente como tú.

Empieza a llorar. Se la ve completamente abatida. Siempre temí que esto pudiese ocurrir. Los humanos también tienen instintos. Wendy necesita compañía de los suyos. Necesita cosas que yo no podría darle. El deseo sexual no existe entre nosotros. Al transformarnos dejamos de producir testosterona, oxitocina y demás hormonas relacionadas con el sexo y el amor romántico. En su lugar empezamos a generar hormonas nuevas, como la endonalina, que se encarga de intensificar nuestro apetito por la sangre humana.

Si pudiera transformarla… Si eso fuera posible, todo se arreglaría. Creo que ella aceptaría encantada. Por desgracia es algo que no sobrepasa los límites de la ficción. Nuestra mordedura no transforma humanos. Sólo los mata.

―¿Dónde está?

―No hace falta. Yo misma le di su merecido.

―Lo encontraré con o sin tu ayuda.

Vacila un instante, pero acaba diciéndomelo.

―Creo que marchó hacia la zona boscosa que hay entre el arroyo y las colinas.

―Métete en el ataúd.

Atravieso la puerta y me detengo un momento para aspirar el aire nocturno. La luna brilla enorme en el cielo, acompañada por millones de estrellas temblorosas.

Prepárate, pequeño bastardo. Estoy hambriento y me has regalado la excusa perfecta para dejar de lado mis principios.


6/4/17

Orines y pescado podrido

Los padres de Víctor se habían marchado unos días al pueblo, así que aprovechamos para estar un rato en su casa antes de salir por ahí. Estuvimos escuchando música, bebiendo cervezas y metiéndonos cocaína. Yo tenía diecisiete años. Todos los veranos viajaba allí con mis padres, a Viejamar, una decadente ciudad costera en la que mis abuelos compraron un apartamento hace muchísimos años. Viajar allí era lo más económico, lo único que nos podíamos permitir. Yo tenía un par de amigos en aquel sitio. Uno era Víctor, el dueño de la casa y el otro se llamaba Aitor.

La brisa nocturna se colaba por el ventanal mientras escuchábamos el A noncling doll de los Hatchels y Aitor peinaba cocaína sobre la superficie de un pequeño espejo que cogimos del cuarto de baño.

―Mi hermano pequeño va a follar antes que vosotros ―dijo Aitor. Chupó el borde de su DNI y, con un tubito metálico, esnifó la raya más grande―. Creo que deberíais ir de putas.

―Pues yo creo que debería ir a ver a tu madre― dijo Víctor, y empezamos a reírnos.

Aquellos chicos vivían allí, habían nacido y se habían criado en Viejamar. Los conocía desde hacía años, desde pequeño, aunque ya no recuerdo exactamente de qué. Quizá de bajar a la playa o de la feria, ¿qué más da? Víctor era muy grande, parecía un toro con algo de sobrepeso; llevaba el pelo largo y un poco grasiento. Era buena gente, la típica persona que inspira confianza. Aitor, sin embargo, era un cabrón. Recuerdo que una vez salimos por ahí él y yo solos, sin Víctor, y yo acabé muy borracho; era incapaz de distinguir lo que se encontrase a más de medio metro de mis ojos. Él iba bien y empezó a aburrirse, así que me dijo que se marchaba a casa. Yo le pedí que se quedase un rato conmigo hasta que se me pasara un poco la borrachera. El cabrón dijo que no me veía tan mal y cuando me quise dar cuenta se había marchado; me había dejado tirado como trapo sucio. A la mañana siguiente desperté sobre las rocas, al lado del mar, con la cara y los brazos quemados por el sol. Alguien me había cortado un bolsillo con unas tijeras y me había robado la cartera.

―Esnifa, gordo yonki ―dijo Aitor, cediendo su sitio a Víctor.

―Yo nunca me follaría a una puta ―dijo Víctor. Esnifó uno de los tiros y me pasó el tubito de metal―. Prefiero morir virgen.

―¿En serio? Pues yo…― Hice una pausa y esnifé y sentí cómo la cocaína atravesaba mi cerebro hasta diluirse en mi alma, llenándome por completo de vitalidad y de locura―… joder, yo creo que esta va a ser mi noche.



La zona de bares de Viejamar siempre estaba llena de gente, sobre todo guiris. Un constante olor a orines y pescado podrido lo envolvía todo. Había muchísimas tías buenas con vestidos muy cortos y bronceados muy intensos.

Nosotros solíamos sentarnos en uno de los bancos de piedra que había en la plaza de la iglesia. Allí nos emborrachábamos con alcohol barato y mirábamos a la gente pasar. Después íbamos un rato a los discopubs a intentar conocer chicas, lo cual no sucedía casi nunca.

Aquella noche habíamos comprado una botella de whisky y otra de agua y bebíamos la mezcla en vasos papel. Ya no nos quedaba cocaína y tampoco teníamos dinero para comprar más. Eso nos deprimía un poco.

Yo me encontraba de pie frente a mis amigos, que fumaban cigarrillos sentados en el banco. Se me había cruzado un cable y les estaba dando una especie de verborreico mitin político. Ellos me miraban con cara de aburrimiento.

―¡… porque todo el mundo se queja, pero luego nadie va a partirse la cara con la policía!

Di un trago enorme de whisky con agua y me sequé la boca con el dorso de la mano. Los efectos de la cocaína se iban disipando, cediendo sitio a los del alcohol.

Alguien tocó mi hombro y al girarme vi una chica sonriente. Era bajita y morena y llevaba mucho maquillaje.

―¿Eres de Lobbia? ―me preguntó.

―No, soy de Dirdam ―respondí―. Mis amigos son de aquí, de Viejamar. Son perturbados autóctonos.

La chica y yo nos reímos.

―Creíamos que eras de Lobbia por las pintas que llevas― dijo. Alcé la vista por encima de su hombro y vi que en un banco cercano había un grupo de unas diez chicas mirando hacia nosotros.

―Simpatizo con las luchas sociales de Lobbia. En Dirdam somos todos unos mierdas. ―Señalé hacia nuestras botellas―. ¿Te gusta el whisky? Ya no nos queda mucho, pero hay suficiente para una ronda.

―La verdad es que no ―dijo arrugando la nariz―, pero tenemos un montón de bebida, por si os apetece venir con nosotras.

¿Quién podría haber dicho que no a algo así?



Estuvimos emborrachándonos con ellas durante dos horas, más o menos, y después fuimos todos a un discopub a bailar y a castigar nuestros oídos con pseudomúsica. Después de un rato en aquel antro, mis amigos y yo salimos a la calle a fumar un canuto de marihuana.

―Si hoy no follamos es que somos maricones ―dijo Aitor.

Del interior del discopub salió una de las chicas, la bajita que se había acercado a hablar con nosotros en la plaza de la iglesia.

―Oye ―me dijo―, ¿quién te gusta? Puedes enrollarte con la que te apetezca.

Al oír aquello casi se me sale el corazón por la boca.

―¿Puede ser contigo? ―le pregunté.

―No, yo tengo novio. Con cualquiera de las demás.

―Uhhhhmmm, pues con la rubita de las tetas enormes.

―Se llama María.

―Con María.

―Ahora vengo ―dijo la chica sonriéndome con complicidad.

―Eh, ¿y qué pasa con nosotros? ―preguntó Aitor.

―De vosotros no me han dicho nada, lo siento ―respondió antes de marcharse hacia el interior del discopub.

―¡Putas zorras calientapollas! ―dijo Aitor.

Me dio pena por Víctor. Ojalá alguna hubiese estado interesada en él. Se lo merecía. Respecto al Aitor, me alegró que se quedase a dos velas con la envidia carcomiéndole las entrañas.

A los pocos minutos la chica bajita apareció con María cogida de la mano. La colocó a mi lado como si fuera una niña pequeña que necesitase supervisión adulta para actuar.

―Bueno, os dejamos solos. Portaos bien ―dijo la chica mientras se llevaba a mis amigos. Víctor me sonrió y me guiñó un ojo antes de desaparecer tras la puerta del discopub.

María y yo estuvimos un rato allí de pie sin decir nada. Le ofrecí el porro, pero dijo que no. Yo estaba mareado. En el discopub había estado bebiendo de las copas de todas las chicas y cada una tomaba algo diferente. Me costaba mucho esfuerzo mantener la cabeza erguida.

―¿Vamos a un sitio más tranquilo? ―preguntó María.

―Sí ―respondí.



Caminamos en dirección al paseo marítimo, alejándonos del ruido y de la gente. Nos sentamos en un solitario banco en medio de las rocas. Era una noche sin luna y no se veía la línea del horizonte, tan sólo una oscuridad profunda y sobrecogedora.

Estuvimos hablando un rato. Yo cada vez me sentía peor y apenas podía levantar la vista del suelo. Me dijo que su hermano había muerto unos meses antes y que ella había estado de psiquiatras después de un intento de suicidio. «Pobre chica», pensé.

Yo no sabía qué decir, así que la besé. Sujeté su cara con las manos. Era increíblemente suave. Empecé a besarle el cuello y los hombros. Ella cogió mi mano derecha y se la llevó a las tetas. Me pareció que debían de ser las mejores tetas de la historia. Metí la mano por debajo de su camiseta y el tacto del sujetador me hizo estremecer. La cabeza me daba vueltas y empecé a sentirme bastante mal. Aguanté unos segundos más, pero me sobrevino una arcada y tuve que apartarme para no vomitarle encima.

―Dios, no. Joder. Dios mío―balbuceaba yo entre bocanada y bocanada de vómito. Todo empezó a oler a alcohol rancio.

―Tranquilo, hombre ―me dijo María acariciándome la espalda.

―¿Tienes un pañuelo?

―No.

Me limpié la boca y las lágrimas con la camiseta y me recosté en el banco.

―¿Estás bien? ―me preguntó.

―Sí ―respondí.

Entonces vomité un poco más.

―Vamos, te acompaño a casa ―dijo María.

―Lo siento. He bebido mucho.

―Ya veo.

De camino a casa, María me invitó a un cigarrillo y me cogió de la mano. Era una autentica preciosidad. Quiso darme un beso de despedida, pero me aparté. Le dije que me daba vergüenza, que mi boca debía apestar. Me besó en la mejilla y me dio las buenas noches.



A la mañana siguiente desperté sobresaltado. Cogí el móvil y llamé a María como si se fuese a acabar el mundo. Me moría por verla. Estaba hecho polvo por la resaca, pero jamás había experimentado tal grado de felicidad. Sentía que la noche anterior había empezado a vivir, que todos mis días precedentes no habían sido más que una maldita farsa, un trámite burocrático para llegar al momento en que María se cruzase en mi camino.

Lo malo fue que no hubo respuesta. Ni a aquella llamada ni a ninguna de las demás. Por la noche me llegó un mensaje de texto que decía:

Lo siento, no he superado lo de mi hermano y no tengo ganas de estar con nadie, sólo con mis amigas. Cuídate.

Fui a la cocina y cogí una cerveza. Estaba completamente destrozado. Salí a la terraza, di un buen trago y encendí un cigarrillo. Entonces apareció mi padre y dijo:

―¡Qué coño haces fumando!



5/4/17

Mil años

Llegaron a La Tierra en su prodigiosa nave-ciudad. La conmoción generada fue de tal magnitud, que todos los demás asuntos dejaron de importarnos. Lo primero que hicieron fue darnos las claves para elevar nuestra esperanza de vida hasta los mil años. Querían que todos tuviésemos tiempo para aprender su complejo lenguaje, lo cual era un requisito indispensable para convertirnos en esclavos excelentes. 


4/4/17

Los días de Minog

La noche en que nació Minog, los siete hechiceros del Rey tuvieron sueños terribles y despertaron llorando sangre. Al llegar el alba, acudieron prestos y compungidos a informar sobre sus apocalípticas visiones. Al Rey no le agradaba que se dudase de su poder, así que dio la orden de que todos fuesen ejecutados con la llegada del crepúsculo. Sin embargo, las sombrías palabras de los hechiceros se quedaron grabadas en la mente del temible monarca, obsesionándolo, avivando sus más oscuros temores, afligiendo su corazón e importunando su descanso.

“Un niño, concebido en un lupanar, engendrado por una prostituta ciega, abandonado en un vertedero y criado entre las ratas. Por ese niño, ríos de sangre surcarán la corte, olas de fuego lamerán la ciudad y toda vuestra gloria quedará reducida a cenizas, arrastrando vuestro nombre al más completo olvido”.

Apenas unos días después de conocer tan terribles augurios, el Rey ya no pudo soportar más la angustia que crepitaba en sus entrañas y decidió tomar medidas. Mandó ejecutar a todos los niños y niñas menores de cinco años, ya fuesen hijos de nobles o de villanos, de hombres libres o de esclavos, de cortesanas o de campesinas, de prostitutas o de reinas. Ni siquiera el hijo menor del Rey quedó libre de semejante sentencia y fue asesinado a manos de su propio padre. Cuando la Reina supo de la horrible muerte de su pequeño, acudió a la sala del consejo real y, en presencia del Rey y sus ministros, se atravesó el corazón con una daga de marfil.

El cuerpo exánime de la Reina desangrándose sobre las níveas baldosas de mármol fue tan sólo una pequeña muestra de lo que estaba por venir. Los intentos de regicidio empezaron a tomar una frecuencia casi diaria. Nobles, ministros, consejeros… casi todo el mundo había perdido algún hijo en aquella desoladora masacre, y para muchos de ellos, sus propias vidas dejaron de tener valor, quedando completamente cegados por el deseo de venganza. Al Rey le empezó a resultar extremadamente complicado que su guardia personal lo protegiese, pues muchos de ellos intentaron también asesinarlo, y tuvo que cubrir las bajas con soldados jóvenes sin hijos y con mercenarios de los bajos fondos.

Todo este caos estaba teniendo lugar en el interior del palacio, pero no era nada comparado con lo que acontecía al otro lado de los muros, donde las revueltas se habían tornado incontrolables. Gran parte de la guardia urbana había desertado, uniéndose al pueblo en su orgía de odio y venganza. Las masas armadas se transformaron en una bestia gigante, invencible y rabiosa que destruía todo a su paso.

Tras varios días de asedio, consiguieron franquear los muros del palacio. Aquellos que todavía ofrecían resistencia fueron asesinados sin piedad, salvo el Rey, que fue capturado vivo, torturado durante horas y finalmente quemado en una gran hoguera.

Mientras tanto, a pocos kilómetros de allí, una pordiosera, ajena a todo lo que estaba ocurriendo, buscaba algo que llevarse a la boca entre los desechos de un inmenso vertedero. Tras unos bloques de piedra, descubrió estupefacta la presencia de un bebé de pocas semanas metido en un sucio canasto. El crío dormía plácidamente con un par de ratas acurrucadas a su lado. La mujer echó un vistazo a su alrededor y, a cierta distancia, pudo apreciar la figura de una persona que caminaba a tientas con un bastón en dirección a la ciudad, la cual ardía a lo lejos, como una bola de fuego colgada del horizonte.

La mujer sacó al niño del canasto, lo miro con ternura y dijo:

―Te llamarás Minog.


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