24/11/16

Soy un traidor a la especie (así fue mi vasectomía)

NOTA: Este artículo fue publicado en el famoso magazine YOROKOBU

Después de cumplir los treinta, mis amigos empezaron a decirme cosas como: “Y tú, ¿para cuándo?”, “Te has quedado el último” o “Deberías hacerlo ya, será la mejor decisión de tu vida”. Y estaban en lo cierto. Tenía que vasectomizarme cuanto antes

La verdad es que la idea de tener hijos siempre me causó pánico, incluso durante los años en que quise ser padre. Pensaba que, en el momento en que mi pareja me informase de un retraso en su periodo (y de su decisión de no abortar) mi vida tal y como la había conocido llegaría a su fin. Y no me refiero a cosas como tener menos tiempo y dinero o no poder salir de fiesta. Hablo de la insoportable y constante preocupación por el hecho de que le ocurriese algo malo a mis hijos. Si ya me muero de angustia ante la idea de que pueda sucederle una tragedia a mis gatas, imagínense cómo sería la situación con una cosa que lleve mis genes. Sin embargo, me lo tomaba con resignación, pues en ningún momento me había planteado la posibilidad de que existiese alternativa a eso de nacer, crecer, reproducirte y morir.

Los años pasaban, y palabras como anencefalia o progeria hacían que me acojonase vivo cada vez que salía el tema de los hijos. Sí, es cierto que son afecciones muy infrecuentes (uno de cada mil nacimientos y uno de cada siete millones de nacidos vivos, respectivamente), pero no son las únicas enfermedades jodidas que existen, y las enfermedades jodidas no son las únicas desgracias que podrían sufrir mis criaturas. Accidentes, agresiones, cortes, abusos, intoxicaciones, quemaduras, humillaciones, caídas, secuestro, asesinato… Que no es por ser agorero, pero es que esas cosas suceden. Todos los días. A miles de personas. Por todas partes. ¿Cómo podía yo proteger a mis hijos de semejantes amenazas? Pues, de un modo muy sencillo: no engendrándolos. 

Así que, en cierto modo “vi la luz”, mi vida cambió y me quité de encima un peso gigantesco. Como los humanos tendemos a encontrar razonables aquellos discursos que casan con nuestra forma de actuar, empecé a descubrir otros argumentos interesantes para abstenerme de dejar descendencia. Por ejemplo, ¿hasta qué punto está bien concebir otro ser humano cuando la nutrición deficiente mata a tres millones de niños cada año? O, si nos preocupamos por la contaminación y el cambio climático, ¿cómo podemos traer otra vida a esta sociedad, teniendo en cuenta que generamos más de treinta kilos de basura por persona cada semana? Cuando has tomado la decisión de no tener hijos, todo esto suena la mar de convincente, pero entiendo que no lo vean de ese modo las personas que poseen una opinión distinta sobre este asunto. Así es la psicología humana, por eso yo no juzgo a nadie ni me creo mejor o peor, simplemente cuento lo que hago y por qué lo hago.


Volviendo a la vasectomía, debo reconocer que siempre he sido bastante cagueta y mucho más ante todo lo relacionado con el hecho de manipular mis testículos. Por eso fui dejándolo de un año para otro hasta que me di cuenta de que ya estaba bien de llevar el postureo antinatalista  mientras mantenía mis conductos deferentes intactos. Así pues, una tarde de invierno, fui a ver al médico de cabecera, el cual me derivó al urólogo, el cual me mandó a hacerme análisis, me informó adecuadamente sobre todos los aspectos de la intervención y me hizo firmar un consentimiento. Nueve meses después, recibí una llamada del Ramón y Cajal. Me dijeron que tenía cita para operarme y que acudiese en ayunas, acompañado y rasurado.

Al llegar a la octava planta del hospital, me encontré con varios tipos que venían a lo mismo. Todos iban acompañados por sus esposas, mientras que yo contaba con el apoyo de mi compañero de piso. Alguna vez hemos comentado que los trabajadores del Mercadona deben suponer que somos pareja cuando vamos a hacer la compra juntos y pasamos por caja con detergente, papel higiénico y demás artículos del hogar, y mi colega me dijo que, al acompañarme a la vasectomía sí que iban a pensar que éramos pareja, y es una ocurrencia curiosa y casi paradójica, porque dices, vale, está claro, solo tu pareja puede acompañarte a algo así, pero, por otro lado, si yo fuese gay, ¿para qué coño iba a hacerme la vasectomía?

Después de una larguísima espera, llegó mi turno. Me llevaron a un cuartucho donde me desnudé, guardé mi ropa en bolsas de plástico y me vestí con unos pantalones, una camiseta y un gorrito, todo muy verde y muy poco favorecedor. Entré al quirófano, donde me recibieron un médico y una médica (no solo es correcto decir “médica”, es que es incorrecto utilizar “médico” para referirse a una mujer; no lo digo yo, lo dice la RAE) más o menos de mi edad. Me tumbé en la camilla y una enfermera me bajó los pantalones mientras otra me tomaba una vía en el brazo derecho. Entonces, la médica empezó a pintar mis genitales con betadine utilizando una brocha, creo, porque me habían echado una especie de mantita de papel por encima, que supongo que es para evitar que veas lo que te hacen, que no creo que sea la escena más bella del mundo. La doctora me preguntó que cuantos hijos tenía y, cuando le dije que ninguno, pareció sentirse algo turbada. “¿Ninguno?”, preguntó. “¿No tienes ningún hijo y vas a hacerte la vasectomía? ¿Estás completamente seguro?”. Me hubiera gustado decirle: “Hija mía, estoy en pelotas delante de cuatro personas desconocidas, con los genitales pintados de rojo, dispuesto a que me rajen, me corten y me cosan. Si no estoy seguro ahora, ¿cuándo cojones voy a estarlo?”, pero yo no me encontraba como para semejantes derroches de elocuencia y respondí con un parco “sí”. Después vinieron los pinchazos de la anestesia, sin duda, la peor parte. No nos vamos a engañar, duele; la sensación está a miles de kilómetros de ser agradable, pero, joder, a lo largo de los siglos, la gente ha ido a la guerra y ha hecho la revolución; ha sufrido torturas y ha tenido partos múltiples sin epidural; ha saltado vallas de alambre de espino, ha entrado en edificios en llamas y se ha lanzado a las aguas de mares embravecidos. Nosotros no nos vamos a morir por dos pinchacitos en el escroto. De hecho, ni siquiera vamos a gritar (casi).


La anestesia hace efecto de un modo increíblemente rápido y eficaz y, entonces, da comienzo la operación. A través de un pequeño corte en el escroto, sacan el conducto deferente, lo cortan, y sellan los extremos. De este modo, se impide que el esperma viaje de los testículos hasta la uretra (esto no significa que ya no vayas a eyacular, sino que, un tiempo después de la operación, tu semen saldrá sin espermatozoides). Por último, te dan unos puntos en la herida del escroto. Después, se repite el procedimiento con el otro lado: pinchar, rajar, cortar, sellar y coser. Y ya está, ya estás vasectomizado. Luego te limpian, te echan un espray que escuece un poco, te subes los pantalones y te marchas por tu propio pie, antes de lo cual, te dan unas indicaciones de cara a la recuperación, como usar un slip ajustado durante unos días, ponerte hielo si se te inflaman los testículos, lavarte la herida con agua y jabón y tomar analgésicos si lo ves oportuno, evitando la aspirina.

Lo más extraño de todo el proceso es que realmente no notes nada de dolor (salvo los pinchazos de anestesia), teniendo en cuenta la que te están liando por ahí abajo; la sensación es un poco como cuando te tiras de la piel del codo. También se hace raro estar ahí tumbado y que los médicos hablen de sus asuntos cotidianos mientras manipulan cosas que salen del interior de tu escroto. Me hizo gracia que la médica comentase que era mejor así, cuando el paciente no tiene huevos de tigre. Yo pensé, “cabrona, ya sé que no son los más grandes de la historia, pero, joder, que estoy aquí, córtate un poco”. Entonces, el médico le preguntó que qué era eso de huevos de tigre, y ella explicó que es cuando los testículos están muy apretados y subidos, en cuyo caso resulta más complicado intervenir, no como los míos, que estaban sueltecitos y manejables.

En resumidas cuentas, la vasectomía no es un paseo por la playa, pero creo que el beneficio compensa el sacrificio. Además, no tienes por qué ser un traidor a la especie como yo. Puedes tener uno o dos hijos a los que regalar la oportunidad de comprobar lo maravillosa (o terriblemente cruel y horrible) que es la vida y, después, pasar por el quirófano. Eso sí, si disfrutas de un sueldo decente, te recomiendo que acudas a una clínica privada y pagues trescientos euros para quitártelo rápido de encima, porque puede resultar desquiciante esperar meses y meses sin saber cuándo te van a llamar, sobre todo si tu pareja y tú estáis deseando amaros sin barreras, sin pastillas y sin miedo al milagro de la vida. 


13/11/16

El viejo con bastón de cuatro patas

El cielo estaba gris aquella tarde y mis amigos y yo matábamos el tiempo sentados en un banco junto a las pistas de fútbol sala. Las clases habían empezado unos días antes y todo parecía haberse vuelto deprimente, casi tétrico. Éramos chavales sin inquietudes artísticas o deportivas, sin ningún atisbo de ilusión o vitalidad. Simplemente nos sentábamos en aquel rincón polvoriento y fumábamos cigarrillos que robábamos a nuestros padres. También compartíamos alguna lata de cerveza y, antes de que anocheciese, nos marchábamos a casa esperando encontrarnos con algo bueno para cenar.
   Bien, aquella tarde, desde la lejanía, vimos a un viejo acercarse hacia nosotros. Caminaba con un brazo encogido, arrastrando medio cuerpo como un lastre y apoyando el lado bueno en un bastón de cuatro patas.
   ―Hola ―dijo―. Cigarro.
   ―¿Qué? ―pregunté.
   ―Yo, fumar, cigarro.
   ―¿Por qué habla así?
   ―Afasia ―respondió.
   ―Parece un indio ―dijo Antoñito y se echó a reír. 
   ―No te rías, subnormal ―le dije a Antoñito; también le metí una colleja. El viejo empezó a reír y dijo:
   ―No. Bien. Bien. Yo, indio.
   Nos quedamos unos instantes en silencio con unas estúpidas sonrisas en nuestras caras adolescentes.
   ―Cigarro ―dijo de nuevo el anciano.
   ―¿Por qué no se lo compra usted? ―preguntó Jorge.
   ―Mi hijo, habla tiendas, no venden.
   ―No podemos darle tabaco ―dije―. No estaría bien.
   ―Secreto ―dijo el anciano―. Secreto. Secreto.
   Al final le dimos un par de cigarros. Uno se lo fumó con nosotros y el otro se lo guardó en el bolsillo. Mientras estuvo allí, fumó con unas ganas locas y tosió y nos dio las gracias tantas veces que sentí que me mareaba. El viejo se marchó y, un rato después, nosotros también nos fuimos.
   Pasaron algunas semanas. De vez en cuando, el viejo volvía a visitarnos en busca de cigarrillos. Él, a veces, nos regalaba alguna cerveza que le robaba a sus hijos. Era un tipo majo. Nos contaba historias de cuando era joven y tenía locas a todas las mozas del pueblo, o eso decía, quién sabe si era verdad. Eran historias guarras y nos encantaban. También nos habló de sus afecciones. Había sufrido tres ictus que le provocaron hemiplejía y afasia motora (esta era la causa de que hablase así). Dijo que había llevado una vida muy desordenada, que había comido muy mal, bebido y fumado en exceso y cometido muchos pecados, y que el Señor le había enviado los ictus como castigo ejemplar, para que él pagase por sus faltas a la virtud y para que los demás no imitasen su conducta desviada. Nosotros insistíamos en que no debía fumar, pero alegaba que era lo único bueno que tenía en la vida. Dijo que Dios le odiaba pero que él quería mucho a Dios a pesar de todo.
   Un día se nos acercó un tipo. Llevaba bigote y camisa de cuadros y era grande como un búfalo. Llegó hasta nosotros, nos echó un vistazo con cara de estar cabreado y dijo:
   ―Eh, chicos, ¿no habréis visto por aquí a alguien dándole tabaco a un viejo que va con bastón?
   Nos quedamos de piedra, cagados de miedo, pero Jorge consiguió decir que no.
   ―¿Estáis seguros?
   ―No, no, no hemos visto nada de eso ―añadí yo.
 ―Vaya… Mirad, es que alguien le ha estado dando tabaco a mi padre, que está muy enfermo, y si encuentro al que lo ha hecho, lo voy a matar, de verdad; lo voy a apuñalar en medio de la calle y le voy a sacar las tripas y a hacer que se las coma.
   En ese punto yo tenía tanto miedo que me costaba respirar.
   ―Me marcho entonces. Si veis algo, me lo decís.
   ―Sí, seguro, no se preocupe.
   ―Bien, adiós, chavales.
   ―Adiós.
   ―Y gracias.
   ―No hay de qué.
   ―Gracias por darle tabaco a mi padre, cabrones. Que sé que habéis sido vosotros, que el otro día os vi con él.
   ―¡Joder, no nos apuñale, por favor, no lo haremos más!― rogó Antoñito.
 ―No voy a haceros nada, hostias. Pero no le deis tabaco a un viejo enfermo. ¿Sois gilipollas o qué os pasa?
   ―Nos daba mucha pena, pensábamos que por un cigarrillo no pasaba nada.
 ―No os pasará a vosotros, pero mi padre ha tenido tres ictus. Aunque la culpa es enteramente suya, claro, pero, joder, no le deis más tabaco, por favor.
   El tipo se marchó y no volvimos a verlo, ni a él ni a su padre. Quizá se mudaron a otra zona de la ciudad, qué sé yo. Debo admitir que conocer a aquel viejo me dejó profundamente marcado y que su recuerdo me ha servido siempre para valorar con entusiasmo las pequeñas cosas que dan sentido a la vida… y, en fin, también me ha empujado a cuidarme un poco, la verdad.

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