19/5/15

Una vez más

Es ese niño con la cara deforme
del que os hablé.

Lo veo desde mi ventana mientras
se dirige a la parada del autobús,
con su enorme mochila Adidas y
su lata de Coca-Cola.

Nada en su cara es lo que cabría esperar.

Nada se encuentra exactamente en su sitio.

Es un niño grande y
parece bastante fuerte.

Camina erguido, orgulloso,
mirando a la gente
con arrogancia.

No quiere nuestra compasión.

Él sabe mejor que nadie
lo inhumana que puede llegar
a ser la vida.

Él se ríe de nosotros.

Se mea sobre nuestros
problemas de mierda.

Lleva diez  o doce años en este mundo.

Diez o doce años siendo un monstruo.

Lo único que quiere de ti es
que cojas tu compasión
y te la metas por el culo.

Él ya sabe que nunca gustará
a ninguna niña.

Que apenas se
atreverán a mirarlo a la cara.

Ya lo tiene asumido.

Pero igualmente sabe
que no volverá a permitir
que se burlen de él.

Me lo imagino en el
despacho del director,
una vez más,
con la ropa manchada
de polvo y de sangre,
los nudillos amoratados
y una sonrisa victoriosa
en su boca desordenada.

Así es exactamente
como intuyo, o como creo,
o como espero que sean
las cosas cada vez que
lo veo desde mi ventana
caminando erguido
y orgulloso hacia la
parada del autobús.



8/5/15

Al alcance de la mano

Tengo grabadas en la memoria
varias escenas que me amargan la vida.
Es raro el día en que no
se me pasen por la cabeza.

Corresponden a vídeos y fotografías
que he tenido la desgracia de ver.
A vídeos y fotografías de
gente torturando animales.

Mi mente las recuerda mientras trabajo,
mientras paseo, mientras hago cualquier cosa.
Y siento que el odio me vuelve loco
y que la impotencia me desgarra por dentro.

Me entran ganas de arrastrar a esas
personas a las cotas más altas del sufrimiento.
Me entran ganas de tenerlos atados a una silla
y explicarles el motivo por el que están ahí.

Y entonces hacerles lo que ellos hicieron.
Hacérselo sin piedad, una y otra vez.
Y dejar pasar un tiempo para que sanen sus heridas.
Y después repetir, una y otra y otra vez.

Es lo que merecen.
Es lo que calmaría mi rabia.
Y es lo que nunca ocurrirá porque
ni el karma ni dios existen.

Ni siquiera existen unas leyes decentes que
los lleven a la cárcel cuando se descubren sus crímenes.
Unas leyes que pudieran disuadir
aunque sólo fuera a uno de estos malnacidos.

Ni dios ni el karma existen, es evidente.
Lo único que existe es un mundo lleno de
psicópatas que siempre tendrán
animales inocentes al alcance de la mano.


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