19/2/15

Cucharita

Desperté sobresaltada en medio de la oscuridad y me arrastré por la cama hasta el ordenador. Acababa de tener un sueño que parecía perfecto para un relato. Me puse a escribir apresuradamente para que no se me olvidase ningún detalle:

Me gusta ir al bar de Susi. Allí siempre consigo inspirarme. Voy con mi cuaderno, pido una cerveza y empiezo a llenar página tras página. Aquella tarde se encontraban allí dos matrimonios, dos locos y dos mascotas. Todos miraban un telefilm llamado “Cambiadas al nacer”. En aquellos días yo estaba escribiendo un panfleto incendiario contra la iglesia. El marido de Susi, un negro fornido y reservado me miraba desde detrás de la barra mientras…

No tardé mucho en darme cuenta de que aquello no era más que un absoluto montón de mierda. Y es que en los sueños todo parece muy coherente e interesante; allí rigen otro tipo de leyes.

Marta emitió un gemido y se incorporó sobre la cama, apoyándose en los codos. Me miró con los ojos entornados y dijo:

―Pequeña, me has despertado con el ruido de las teclas. ¿Qué haces escribiendo? Ya te he dicho que no es lo tuyo. No lo haces bien. Mejor ven aquí conmigo y hazme la cucharita.

Entonces me levanté de la silla, encendí la luz, puse música a todo volumen y me marché a la cocina a fumar. A lo lejos, escuché que Marta gritaba «¡¡¡MALDITA ZORRA ASQUEROSA, APAGA ESA MIERDA AHORA MISMO O TE MATO!!!»



6/2/15

Trece segundos de desconfianza

Estaba en el cajero cuando un niño oriental de unos once años se me ha acercado por la izquierda. Enseguida he desconfiado de él y me he colocado tapando la ranura del dinero con mi cuerpo. No porque fuera un chico, ni porque fuera oriental, ni porque fuera pequeño. Simplemente porque no me fío ni de mi sombra. Acababa de empezar a llover y el niño me ha cubierto con su paraguas mientras me explicaba en un torpe castellano que los billetes son de papel y que se me podían estropear con la lluvia. Después me ha acompañado un rato, protegiéndome todavía de la tormenta y finalmente nos hemos despedido. Le he dado las gracias de todo corazón, no por evitar que me mojase, sino por permitirme contemplar una muestra de bondad pura en esta oscura tarde de noviembre. Mientras se alejaba he comprobado que mi cartera seguía en sus sitio y entonces me he marchado a casa.


3/2/15

En la oscuridad

Puedo ver las estrellas
y puedo ver el mar;
y la gente destruyéndose,
los niños envejeciendo
y el viento agitando
la basura de las calles.

Puedo ver las arrugas
naciendo en mi cara
y puedo ver las canas
creciendo en mi cabeza;
y el miedo
en hospitales e iglesias,
las ratas corriendo
entre los coches
y las gotas de lluvia
estrellándose contra el asfalto.

Puedo ver un futuro
que no existe
y puedo ver un tiempo
de segundos que no pasan;
y la sangre de los inocentes
en bandejas de poliestireno,
los vehículos invadiendo
mi barrio por las mañanas
y las portadas de todos los libros
que leeré este año.

Pero, por encima de todo,
puedo verte cada vez
que me refugio
en la oscuridad
de mis párpados cerrados,
en cada rincón
de mi atormentada memoria
y en cada lágrima que tu ausencia
me arranca de los ojos.





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