28/5/13

Pollitos

Foto de Willrad von Doomenstein

Básicamente coges a los pollitos, les echas un vistazo y los tiras donde corresponda. En eso consiste el trabajo. De nueve a cinco, con una hora de descanso para comer y quizás alguna escapada furtiva para fumar un pitillo. El tiempo pasa muy despacio y te aburres como una seta. Te acaba doliendo la espalda al final del día y mientras vuelves a casa tienes la cabeza embotada y estás como mareado.     
Uno no se imagina que acabará trabajando como sexador de pollos, pero la vida no siempre te permite elegir el camino que quieres. Así que un día, casi sin saber cómo, te ves con una bata blanca, en medio de una enorme fábrica y escuchando a un cincuentón de mirada lánguida que te explica las particularidades de este insólito oficio surgido en el Japón de los años veinte.  
Uno de los principales métodos que se utilizan para sexar a los pollitos es el de la cloaca, mediante el cual hurgas en el ano de los animales en busca de unas protuberancias o de la ausencia de las mismas. Afortunadamente yo fui instruido en el método de sexaje por dimorfismo sexual; distingues a machos y hembras fijándote en las plumas del ala.
Los pollitos vienen al mundo destruyendo su cascarón a picotazos y pronto descubren que no han ido a parar a un lugar muy agradable. Estarán relativamente tranquilos unas cuatro horas, hasta que se haya secado el líquido amniótico de sus plumas. A partir de ahí... en fin, se puede decir que no les esperan muy buenos momentos. 
¿Sabéis que existen diferentes razas de gallinas y pollos? A lo largo de décadas de selección genética se consiguió que unas razas fueran más rentables para la producción de huevos y otras para la producción de carne. Probablemente no lo sabíais, pero es normal. No hay por qué saber este tipo de cosas. Uno simplemente se come los huevos o se come el pollo y no se para a pensar de dónde vienen. 
De este hecho emana la importancia del sexado en la sociedad industrial en la que vivimos. Y es que, como es normal, la mitad de los pollitos son hembras y la otra mitad machos. En mi empresa interesan las hembras porque manejamos una raza ponedora. Los machos no valen para nada ya que ni ponen huevos ni engordan de un modo eficiente para producir carne. Bueno, sí que valen para algo. Valen para caer en una cinta transportadora que termina en una máquina que los tritura vivos. Allí se transforman en una pasta sanguinolenta que sirve para hacer abono. 
Si os preguntáis por el destino de las hembras... la verdad es que no sabría deciros si es mejor o peor. Nosotros las metemos en cajas y son vendidas a granjas de cría intensiva. Allí viven unos meses hacinadas en pequeñas jaulas hasta que su producción de huevos deja de ser rentable. Entonces se las envía al matadero. Yo antes no sabía nada de esto. Empecé a informarme hace poco y me quedé bastante impactado. 
Un día pensé en el hecho de que los pollitos son bebés. Quiero decir, es algo que ya sabía, pero aquel día me detuve a reflexionar sobre ello. Y mientras divagaba me empecé a imaginar una enorme cinta transportadora llena de críos llorando, hacinados, muertos de miedo, y unas grotescas manos levantándolos por el aire y lanzándolos a una trituradora. Y pensé en el desagradable sonido de los huesos quebrándose y en la sangre fluyendo a litros y en los alaridos de dolor apagándose... y aquella noche no pude dormir.  
Ayer había terminado mi turno y me disponía a marcharme a casa cuando vi un pollito en el suelo. Debió caerse de las cintas transportadoras, es algo muy habitual. Se le veía abatido, como si estuviera triste... no sé cómo explicarlo, casi no se movía. Daba mucha pena verlo ahí solo en medio de la gigantesca fábrica. Lo cogí y empezó a piar, aunque seguía muy quieto. Estuve observándolo un rato en mi mano. Todos los pollitos son suaves, pero mientras trabajas no te paras a fijarte en esas cosas. En ese momento sí que me fijé. Estuve acariciándolo con los dedos, notando la suavidad de su plumón y me pareció el ser más frágil e indefenso del mundo. Examiné su ala, me acerqué a la cinta y lo arrojé donde correspondía. 
Era un macho. 
Al salir a la calle empecé a encontrarme mal. Decidí ir andando a casa para tomar el aire a pesar de la larga distancia. Por el camino se me fue haciendo de noche al tiempo que una especie de sentimiento de culpa se iba apoderando de mí. Las estrellas salpicaron el cielo y poco después llegué a casa, arrastrando los pies y sufriendo una angustiosa opresión en el pecho. Cuando me desplomé sobre la cama me sentía totalmente desolado pero me reconfortó un poco el haber tomado la firme decisión de buscar otro trabajo. 





21/5/13

Bocadillo de aire comprimido en Fa semitendinoso


Los tentáculos retráctiles del ascensor
rezuman una niebla
esponjosa y cuneiforme. Varias
ecuaciones totalitarias anacronizan su
interior, estigmatizando
plomo
por
las pesadillas.

Resquebrajantes insolvencias mendigan
un remilgo en sepia taciturno
a pesar del frío añejo
e historiador
de
las entretelas errantes.

A día de hoy
las baldías introspecciones
acostumbran a desarmar
ficciones de mermelada.

Este ambiente centrípeto
facilita
que un noble amanecer, el
último tormento de la guerra
ignífuga
se enamore,
extraterrestremente,
de
sus
propios
designios.

14/5/13

Desechos humanos

Rob 'el sifilítico' subió cojeando a lo alto de un promontorio de basura cercano a su chabola. Con el gesto altivo de un viejo general, echó un vistazo a la abrupta extensión del vertedero, que llegaba casi hasta el horizonte desde el sur al noroeste. A su espalda, a unos diez kilómetros, se levantaba la ruinosa ciudad de Oprobium, desde donde llegaba el inconfundible sonido de una cruenta batalla. Justo encima de la urbe, una tormenta química teñía el cielo nocturno de púrpura con cada relámpago y empujaba hacia el vertedero un viento corrosivo que se combinaba con el tóxico hedor de los residuos, generando un ambiente inmundo y peligroso para la vida.

Rob, ajeno a la guerra, a la tormenta y a todo lo que aconteciera más allá de sus dominios, cayó en la cuenta de que los muchachos estaban tardando mucho en volver de la excursión a Los Barrios. Esperaba que no hubieran tenido problemas con la policía o con alguna banda rival. Él ya no podía acompañarles debido a su mal estado, pero los muchachos le profesaban admiración y respeto y nunca permitirían que le faltase de nada.

Miró al suelo y descubrió un trozo de rata muerta. «Hoy va a ser un buen día, lo presiento», pensó mientras roía los pequeños huesos. Lo hizo con tanta ansia que se le desprendió un diente. Se lo sacó de la boca y lo observó con resignación. Era un canino amarillento manchado de sangre y trocitos de carne de rata. «Joder, ya casi no me quedan», pensó.

En esas estaba cuando escuchó el claxon del viejo Land Cruiser de la pandilla. Tiró al suelo el diente y los huesecillos y bajó lo más rápido que pudo a reunirse con los muchachos, que acababan de aparcar en una especie de rotonda.

—¡Rob! ¡Eh, Rob! —gritó Jean Luc 'el tísico' bajándose del coche al tiempo que lo hacían Tomás 'el leproso' y Juan  'la plaga'— ¡Chico, traemos una sorpresa!— y siguió tocando el claxon sin parar para que todo el mundo se acercase.

Poco a poco se fue formando un círculo de individuos con las caras expectantes, mugrientos, famélicos, vestidos con harapos y portando rudimentarias armas en sus cinturones, como palos, tirachinas y cuchillos.

Tomás y Juan se dirigieron a la parte de atrás del coche y abrieron el maletero. Del interior sacaron a un joven de aspecto inerme y lo arrojaron al suelo. Tendría unos veinticinco años. Maniatado, lleno moratones, llevando por única vestimenta una camiseta que no alcanzaba a cubrir sus genitales, gritaba todo el tiempo cosas como:

—¡Por favor, no me hagan daño! ¿Y los Derechos Humanos, eh? ¿Qué pasa con los Derechos Humanos?

Rob se acercó hasta él y le dio un bofetón que lo hizo callar.

—Eso aquí no existe, pequeño —dijo—. Aquí no hay Derechos Humanos. Aquí en todo caso hay… ¡Desechos humanos! ¡Ja, ja, ja!

Y todos los demás empezaron a reír y a gritar como enfermos mentales.



Reseña de Homo Plus. Frederick Pohl. 1976


Hace poco terminé de leer Homo Plus, novela con la que Frederick Pohl ganó el premio Nébula en 1976. La historia es divertida y original y tiene un final impactante e inesperado por partida doble. Sus personajes son reales, muy humanos y sus diálogos totalmente verosímiles. Es una obra absolutamente recomendable.
Roger Torraway es un afamado astronauta que vive una existencia perfecta junto a su mujer hasta que se ve obligado a convertirse en el eje central del Proyecto Homo Plus, cuyo objetivo es salvar a la humanidad por medio de la colonización de Marte. Así pues el protagonista es convertido en una especie de grotesco superhéroe, en parte humano en parte máquina, que viajará al planeta rojo para establecer una colonia que asegure la supervivencia del ser humano.
Frederick Pohl es uno de los mejores escritores de ciencia ficción de todos los tiempos y lo ha demostrado con obras como Pórtico, Mercaderes del Espacio o ésta de la que estoy escribiendo la primera reseña de mi vida. Sus obras siempre están cargadas de humor, de ironía y de crítica social y política y todo ello con una considerable corrección científica, o al menos lo bastante buena como para parecer creíble.
Como pequeña pega, por poner alguna a esta obra genial, resulta gracioso ver situaciones ambientadas en el futuro en las que no se consigue localizar a un personaje desaparecido ya que no existen los teléfonos móviles, pero la ciencia es tan avanzada como para convertir a una persona en un ser que se desenvuelve ágilmente sobre la superficie de Marte sin ayuda de traje espacial. Pero claro, es muy fácil criticar estos detalles con la perspectiva que ofrecen 37 años de avance tecnológico. 

Portada de la edición española, fea dónde las haya

7/5/13

Esto tampoco

Aquella mañana empecé a ver las cosas de otro modo. No me refiero a cosas como el sentido de la vida o la búsqueda de la felicidad. Tampoco a los sueños, las esperanzas, el amor, la moral, la espiritualidad... no, nada de eso. Me refiero a cosas como los pies. Aquella mañana me fijé en mis pies y no me parecieron normales ¿Por qué tenían que ser así, alargados, huesudos, llenos de dedos de diferentes tamaños...? ¿No sería mejor que estuvieran más centrados y dispusiesen de unas protuberancias a ambos lados de los tobillos? Sé que no es fácil de entender, pero no consigo explicarme mejor.

Con el paso de los días, cada vez más cosas empezaron a resultarme extrañas. Me veía a mí mismo como un gran saco relleno de órganos sanguinolentos y gelatinosos: los pulmones, el corazón, la vesícula... ah, sí, y no nos olvidemos de ese montón de metros de tubo enmarañado por dónde circulan excrementos y que llamamos intestinos ¿Qué diablos era todo eso?

Dormir, comer, ir... en fin, ir al baño, son cosas que hago porque de ello depende mi vida, pero cada vez las comprendo menos. Es decir, entiendo cuál es la función de cada uno de estos actos, pero me siento extraño llevándolos a cabo. En cierto modo me siento... ridículo.

He empezado a bajar a la calle por las noches. Camino hasta un parque, enciendo un cigarrillo y me pongo a contemplar el cielo. Mis ojos se quedan clavados en un punto concreto del firmamento, en una zona en la que no parece haber nada más que un oscuro vacío; y es entonces cuando dejo de sentirme extraño. Sé que parece una tontería, pero algo me dice que mi lugar se encuentra allí.

Después de un rato doy una última calada, lanzo la colilla y observo cómo el humo se va deshilachando en el aire hasta desaparecer... Creo que voy a dejar el tabaco. Esto tampoco me parece normal.

5/5/13

Siete trucos con los que obtener ideas para escribir

Quedarse sin ideas es una mierda. La recomendación habitual es ponerse a escribir sobre cualquier cosa mientras llega la inspiración. El problema es que a veces no te apetece llenar el folio contando cómo es tu cuarto o qué hiciste la semana pasada. Quieres escribir algo bueno, algo que merezca la pena. También puede sucederte que tengas una historia interesante entre manos pero que no sepas cómo seguir, que necesites un giro, un nuevo personaje, o simplemente un buen final.

Aquí tienes unos cuantos trucos que a mí me han servido para salir del paso en estas situaciones. Espero que tú también los encuentres útiles. 


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